13.1.07

EL LIBRO de JJ Valverde


LOS PASOS DE UN ACTOR

A mi hijo Daniel, por todos aquellos pasos perdidos.
Ser actor es más un instinto humano que una profesión (Vittorio Gassman)

PRÓLOGO
Sec. 0 Vestíbulo teatro en Madrid. Int. Noche.
Acababa de finalizar el primer acto, y el vestíbulo del madrileño teatro se llena de luz, de gentes y enseguida de humo. Un grupo de personajes que pertenecen al medio y que disfrutan en los estrenos no se sabe con qué más sin con los éxitos o los batacazos, se reúnen en corrillo. De momento, de la función que estan viendo prefieren no hablar. Y no sabemos muy bien por qué.
- ¿Cómo?. ¿Que Juan Jesús Valverde ha escrito un libro de memorias?
- ¿Memorias de quién?
- Las suyas, de quién van a ser...
- No sabía que fuese tan mayor.
- Si no es tan mayor.
- No te fies, que ya tiene sus añitos.
- Ni que le haya pasado algo que merezca la pena contar...
- Si no es un libro de memorias...
- Entonces, ¿qué es lo que cuenta?
- Sus cosas.
- ¿A quién puede interesar sus cosas?
- Sus cosas y las de de más gentes que ha conocido o con las que ha trabajado.
- ¿Y pone a parir a muchos?
- Parece que no. No van por ahí sus cosas.
- Entonces ¿para que escribe un libro, si puede saberse?
- De momento, porque a él le da la real gana, y sobre todo porque quiere hablar en voz alta de sus comienzos, experiencias personales, pasos profesionales...
- No sólo habla de sus propios pasos, sino también de los de sus compañeros y amigos...
- Y de paso se permite alguna reflexión personal sobre su profesión y el mundo en que se desenvuelve.
- No dejarán de ser las opiniones de un actor.
- Las de un actor que además es hombre curioso que no va por la vida como un ser pasivo.
- Vamos como una "mochila".
- ¿Pero no decía Mastroianni que para ser actor no era imprescindible, ni siquiera necesario, ser inteligente?.
- Eso lo decía Gassman.
- Es lo mismo. ¿Y que tampoco estorbaba mucho hasta ser un zoquete?.
- Ni Gassman ni Mastroiani se creen eso, por mucho que lo hayan dicho.
- Según Valverde, para ser un actor se necesita algo más que saberse el texto, ir bien a las marcas y no tropezarse con los muebles.
- Eso lo decía un director de cine muy famoso.
- Bueno, pues Juan Jesus aparte de contarnos cosas de su vida, aprovecha para hablarnos de uns serie de pequeños acontecimientos que le marcaron personalmente, de alguna forma lo comprometieron, y de paso sacar algunas consecuencias y consideraciones que pueden servir a los que vienen detrás.
-No se por qué me huelo que va a resultar un poco plasta.
No creas, porque está escrito con sinceridad y mucha sencillez.
- Pero, ¿tú has leido el libro?.
- He leido el original, pero no el libro, porque le falta un prólogo que ha pedido, me parece, a un director de cine con el que ha trabajado y es amigo suyo.
- Ya sé... García Gutiérrez...
- No mujer, Gutiérrez Sánchez...
- Que no, hombre... Giménez Aragón...
- Tampoco es ese... Es ese director de cine que viene al teatro...
- ¡Ah! ¡No me digas más! Ya sé de quién se trata...
Una voz campanuda y solemne comunica que la función de nuevo va a comenzar. El entreacto ha terminado.
Una nube de atosigante humo de tabaco queda en el ambiente.
Por la transcripción:
Antonio Giménez -Rico
PRIMER PASO
La lectura
Allá por el año 1959 cuando el mundo era muy distinto, en Villa de Cruces, un pueblecito de montaña, en la provincia de Pontevedra, en una Navidades frias, tal vez lluviosas y sobre todo soñadoras, di mi primer paso.
Mi padre, un lector profundo, solo cerraba el libro para escuchar el "parte" que Radio Nacional de España transmitía a las dos y media en punto. El silencio sólo era interrumpido por el sonido que producía la cuchara en el plato en busca de la comida. Decía que mi padre era un lector profundo, un devorador de libros. Recuerdo que sus manos sostenían gruesos volúmenes como el Quijote o las obras completas de Baroja, pasando por los misteriosos libros de Agatha Christie o por las ligeras no velas de El Coyote. Nada escapaba a su verocidad lectora. Cuando sus ojos se quedaban vacios de prosa, furtivamente nos "hurtaba" los cuentos y tebeos que habitaban nuestras empobrecidas estanterías. Tal vez todas esas historias y paisajes marcaron su entrañable y paseante vida aventurera. Era un excelente fisgón de páginas, un intruso en las historias, un curioso de las vidas que no le pertenecían. Era un gran lector, pero era un lector silencioso.
Paradojicamente no fue mi padre quien influyó en mi afán por la lectura. El mundo de mi padre no era mi mundo. Tan callado, tan castellano él... No dejaba de sorprenderme que un tremendo engullidor de historias no fuera transmisor de las mismas, ni siquiera conversador de lo cotidiano. Si empre me llamaron la atención sus aprisionados pensamientos, sus tercos silencios...
Aquellas Navidades, últimas de una ennegrecida década, "los paseantes", como nos llamaban en el pueblo a los estudiantes en vacaciones, nos reuníamos e iniciábamos nuestra diaria caminata por la única calle de un kilómetro, que existía en el pueblo. Arriba y abajo. Alguna que otra vez, cuando nuestra economía nos lo pirmitía, confluíamos en alguno de los cuatro bares del lugar, donde el vinillo joven de la comarca animaba nuestras interminables charlas y, como hombrecillos ya, sentenciábamos, enfatizábamos, zanjábamos, imponíamos dictaminábamos... nuestras pobres teorías sobre el mundo, sobre la sociedad, sobre las gentes, sobre la cultura. Y aunque todo esto resultase enriquecedor (la televisión apenas existía), estabamos ansiosos de novedades y experiencias nuevas. Recuerdo una vez -tenía que ser sábado ya que era el único día de la semana donde proyectaban en el cine Mry la película correspondiente- estábamos discutiendo, analizando, destrozando o ensalzando las perpecias de Tony Leblanc en la película "Entierro de un funcionario en primavera", de José María Zabalza (no he vuelto a verla, pero creo recordar que se trataba de una película costumbrista, de humor negro y con dosis de "neorralismo"). Pues esa vez, digo, cuando la discusión alcanzaba cotas de locura donde nadie cedía en su análisis y la situación se aproximaba por momentos a las más características secuencias del cine de Berlanga, el más intelectual del grupo, mi hermano Emilio, con voz tranquila y sosegada, después de haber conseguido un riguroso silencio, y como si de una "consigna de célula" se tratase, dijo:
-¡Hagamos una obra de teatro!.
Aunque la sorpresiva sentencia no dejó indiferente a nadie, sí logró que, al menos por unos instantes, percibiéranos que afuera seguía lloviendo. La respuesta ante tal proposición no fue la duda, ni la vacilación, ni siquiera la discusión. La respuesta, dicha por Roberto, el más audaz de los "paseantes" fue: ¿qué obra? ¿cuando?.
Por primera vez en mi vida surgió cercana la primitiva palabra teatro. ¿Qué quería decir?. ¿Teníamos que subirnos a un escenario?. ¿Ser actores?. ¿Recitar?. ¿Contar una historia?.¿Había que disfrazarse?. (los carnavales seguían medio prohibidos). ¿Qué había que hacer?. Por un instante me aparté del grupo, miré por la ventana, reparé en la húmeda calle y contemplé a un paisano bajo la llovizna. Me fijé en él con una curiosidad distinta. Su forma de caminar, su preocupada faz, su mirada... tal vez, inconsciente, empezaba a segueguir los pasos del que más tarde descubriría ser el maestro de actores: Konstantin Stanislavski ("el arte del actor es el arte de la observación").
Yo, que solo sentía un ligero entusiasmo por la Geografía y la Historia, no sabía qué hacer de mi vida.
Cuando el lento caminar de aquel anónimo paisano se iba alejando de mi vista, me di cuenta de que había dejado un profundo mensaje grabado en mi interior. ¿Sería posible que, en sólo unos instantes, mi vocación y mi destino hubieran asomado sin avisar?. Hasta este momento creía que la "vocación" era un progresivo proceso de entusiasmos, de razonamientos, de clarificaciones...
Cuando el vaho que cubría el cristal de la ventana ocultaba el exterior, el dedo índice de mi mano arrancó a escribir: ACTOR.
Desperté de mi abstraido sueño, me giré y ví a los paseantes en agitada conversación. Descubrí que yo ya no era el mismo. Y así lo observaron los demás cuando, saltándome la costumbre, pedí sonriente, yo el paseante más joven, una "ronda más. De cualquier forma no dieron demasiada importancia a mi nuevo y cambiante semblante.
¿Qué teníamos que hacer?. ¿Qué obra habían elegido?. ¿Contarian conmigo?. Yo no había leido apenas nada y menos teatro. Unicamente recordaba el "Auto de los Reyes Magos" que por imposición tuve que leer para la clase de literatura. No me gustaba, ni entendía aquel anticuado castellano.
Rapidamente me integré en la charla camún. Qudé asombrado ante tanta información que sobre teatro, cine, actores, escenografía, directores, autores... tenían todos ellos. Mis complejos de "pobre intelectual" empezaban a aflorar, me acompañarían toda la vida.
Pues bien. La obra que eligieron (que eligió Emilio) fue cena de matrimonios, de Alfonso Paso. Pieza que sobre "el juego de la verdad", enfrentan a unos matrimonios de la alta burguesía de la época. Estaba excitado. Yo, que apenas había leido, estaba deseando devorarla y ver qué papel podría interpretar.
Esa noche, después de cenar, y cuando mi hermano se fue a la cama, le robé el librito de la colección Alfil donde venía publicada. Cuando todos estan durmiendo, cuando el silencio se había hecho oscuridad, oculto bajo las sábanas con la ayuda de una linterna, ninguna bombilla podía estar ya encendida, engullí con cierta anarquía la obra de Paso. Cuando acabé la lectura estaba agitado y antes de que mis párpados se cerrasen como pequeños teloncilos, me percaté que me había enterado muy poco y ni siquiera podía saber si lo que había leído era bueno o malo. Pero estaba claro. Yo haría el papel de Antonio. El personaje más joven. Estaba muy nervioso. Como una noche de noche-víspera de estreno. Cerré los ojos y ya empecé a soñar con un mundo nuevo. Un mundo que ya sabía sería el mío.
"Si no te levantas ya, te voy a apalear como el que apalea centeno". Era la forma de despertarnos que mi madre tenía cuando remoloneábamos más de la cuenta. Me levanté ansioso y con urgencia. Era el primer día de mi nueva vida.
La reunión no era hasta las seis de la tarde y el día perezoso, no avanzaba. En la cocina, el lugar más caliente de la casa, detrás del fogón, Emilio, que iba a hacer las funciones de director de escena, esta haciendo el reparto. Era tanta mi seguridad en la elección de actores que no me atrevía a sugerirle nada.
A las seis en punto en el bar "Carballal", el más elegante del pueblo, nos reunimos los "paseantes". A esas horas el bar solía estar poco concurrido. Unicamente en la barra se encontraba don Andrés, el cura, tomando su diaria ración de orujo antes de la novena de las siete. Pera cuando alguna que otra vez el bueno y anciano párroco, en su despiste, sobrepasaba esa ración de alcohol se olvidaba de la novena y tenían que acudir sus feligresas a rescatarle y recordarle su sagrada obligación. ¡Hermosa y patética secuencia ver a don Andrés, tambaleandose, camino de la Iglesia y sujetado por su fiel clientela!. Pero aquella tarde nos miraba con extrañeza sin entender bien cómo esa juventud de la capital derrochaba tanto entusiasmo.
Ya sentados con nuestros correspondiente cafés, y antes que nuestro dibutante director tomara la palabra, algunos como Carlos Pérez, (hoy un ecelente médico) o Rogelio el farmaceutico, rehusaron intervenir. Después de un explicación generalizada de la obra y que objetos eran necesarios para su representación, llegó la hora del reparto. Cuando los nombres empezaban a sonar y el mío se iba cayendo, un sudor de tristeza y rabia inundaba mi recién estrenada máscara. No daba crédito. Elos, cuyas vidas iban a tomar rumbas muy distintos, puesto que se definían ya como cercanos comerciantes, banqueros, profesores... no sabían que estaban rebatando el trabajo al único vocacional, a un futuro profesional. Emilio, que se percató rápidamente cómo mi rostro pasaba de la sincera tragedia a la falsa comedia, posó su mano en mi hombro y con seguro verbo explicó a todos:
-El teatro no sólo es interpretar. Hay otros menesteres imprescindibles; organización, decorados, luces, vestuario... pero sobre todo hay un puesto muy importante del cual dependen todos los actores: "el apuntador".
Sus palabras fueron tan convincentes que todos asintieron con la cabeza tan sabia afirmación. ¡Yo, desde luego, no la tenía tan claro!
"además, continuó, para ser un buen APUNTADOR hay que ser un buen LECTOR".
Esta observación, dicha en tono de.... CONTINUARÁ OTRO DIA





2 comentarios:

Sandra dijo...

Me gusta mucho la página, pero echo de menos fechas, como la de nacimiento por ejemplo, además de estrenos. El hermano de mi novio me va ha hacer otra, mejor que la del sudaca, en la que no faltarán fechas ni todo tipo de colores.

Jonathan dijo...

Acabo de terminar de leer su libro, me envolví completamente de sus anéctodas y experiencias y definitivamente es una excelente referencia para nosotros los aspirantes a tan apasionada carrera de la interpretación o actuación. Lo felicito por toda su trayectoria y lo admiro, Le escribo desde Venezuela. Mis respetos y espero conocerlo en persona algún día Señor Valverde.

Mis saludos.

Jonathan Mora
Caracas, Venezuela.